miércoles, 4 de marzo de 2020

Fragmentos de Enamorarse en Central Park



A petición de varios miembros del blog y facebook voy a publicar varios fragmentos de mi nueva novela

¡Espero que los disfruten!

«Acababa de terminar mi almuerzo, más temprano de lo habitual, en el bar situado frente a las oficinas de mi empresa y no me apetecía regresar al trabajo antes de tiempo.
Salí de la cafetería, miré el reloj y comprobé que aún disponía de media hora libre, así que decidí cruzar la calle en dirección a Central Park como lo hacía en numerosas ocasiones en las que me sobraba tiempo.
Atravesé el sendero que conduce entre los olmos centenarios, me subí el cuello del abrigo y apreté el paso. Una ola de frío polar procedente de Alaska había dejado una temperatura bajo cero que calaba los huesos desde hacía un par de días.
Al llegar al puente que cruza el lago, pude comprobar cómo una gran multitud se agolpaba al fondo, patinando sobre el hielo congelado la noche anterior. Era un espectáculo digno de ser plasmado en el mejor de los lienzos.
Aún no había llegado la Navidad, pero el ambiente festivo impregnaba hasta el más recóndito rincón de aquella ciudad. Los más expertos se deslizaban por el hielo como cisnes majestuosos nadando en sus estanques mientras los principiantes se colocaban los patines por primera vez y eran fruto de las burlas de sus amigos, cayéndose y levantándose una y otra vez sobre el resbaladizo hielo y riendo sin parar.
Justo en ese mismo momento fue cuando te vi por primera vez. Te encontrabas con varias amigas en el margen izquierdo del lago, llevabas un elegante abrigo de color rojo burdeos y una bufanda celeste anudada al cuello ocultando parte de tu preciosa melena rubia. Tus ojos verdes esmeralda me hipnotizaron al instante y tu preciosa sonrisa irradiaba tanta vitalidad que no podía dejar de mirarte.
Enseguida pensé en bajar y alquilar unos patines para estar a tu lado, pero, cuando miré el reloj, comprobé que tan solo me quedaban cinco minutos para regresar al trabajo; no había tiempo suficiente.
Sin embargo, aquel se convirtió en mi día de suerte. Comenzaste a patinar en dirección hacia el puente donde te observaba y, justo cuando pasabas por debajo, comenzaron a caer los primeros copos de nieve que transformaron tu precioso cabello en un manto blanco. Fue entonces cuando levantaste la cabeza hacia el cielo y nuestras miradas se cruzaron por primera vez, dedicándome la mejor de tus sonrisas. Fueron tan solo unos segundos, como cuando una estrella fugaz atraviesa el cielo, pero el tiempo suficiente para no poder apartarte de mi mente.
Un instante después corrí hacia el otro lado del puente mientras tú lo atravesabas por debajo, y continué mirándote hasta que te perdiste entre la multitud sin que pudiera volver a localizarte.
Al día siguiente regresé al mismo lugar con la intención de volver a verte, pero esta vez no apareciste. Esa tarde bajé hasta el lago, fui a preguntar a la oficina donde alquilan los patines e hice una descripción tuya al encargado, que me miró como si estuviera loco y respondió que era imposible recordar a nadie cuando cientos de personas patinaban a diario en aquellas fechas.
Desde aquel momento no puedo apartarte de mi mente, sueño contigo a todas horas y me parece verte en todas partes. Cuando estoy sentado en el metro y alguna chica que se te parece entra por la puerta, me levantó con la esperanza de que seas tú; cuando caminó por la calle y distingo a lo lejos una chica rubia con abrigo burdeos corro hasta que la alcanzo, pero nunca eres tú; cuando estoy sentado en un restaurante y desde la ventana observó a alguien que se te parece cruzar la calle imaginó que eres tú.
Pero ninguna de ellas posee tu increíble belleza, así que aquí continúo añorando desesperadamente volver a verte».

                                                                  ***


«Su narrativa era pura poesía, en solo unos instantes te cautivaba hasta tal punto que era imposible dejar de escucharla y, por supuesto, de mirarla. Solo pude oír la parte final de su intervención:
— En sus Ninfeas, Monet capta el brillo de las hojas heridas por el sol, el intenso colorido de sus nenúfares, el blanco impoluto de las nubes reflejado en sus cristalinas orillas y la sublime quietud de sus aguas mansas».

***

«— Creo que este trabajo es casi tan fascinante como el del museo. ¡Fíjate! —dijiste pasando la yema de tus dedos por la cubierta de un libro—. El vetusto encuadernado, el crujido de sus páginas, el color amarillento de la celulosa, el aroma del papel envejecido. Es un placer recorrer estos pasillos con tanta historia».


***

«Arranqué el coche y, en cuanto llevaba cien metros recorridos, ya te echaba en falta. Sin pensarlo dos veces, aparqué en doble fila y te mandé un mensaje con el móvil:
—No dejo de contar los segundos para volver a verte ».


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